jueves, 28 de abril de 2016

2. El hijo de un funcionario regio (Jn 4,46-54).

La sanación del hijo de un funcionario regio tiene parecido con la curación del siervo de un centurión ro­mano, narrada por  Mateo y Lucas (Mt 8,5-13; Lc 7,1-10). Ambas curaciones acaecieron en Cafarnaúm, sólo que en la primera Jesús estaba a unos 40 kilómetros de distancia. Discuten los especialistas si se trata del mismo caso o son diferentes. Tal vez, con mayor probabilidad, es cuestión de acontecimientos diversos.
4,46 Llegó, pues, nuevamente a Cana de Galilea, donde había hecho el agua vino. Había un funcionario regio, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. 47 Este, habiendo oído que Jesús venía de. Judea a Galilea, fue donde él y le pedía que bajara y curara a su hijo, pues estaba a punto de morir. 48 Díjole, pues, Jesús: "Si no veis signos y prodigios, no creéis".
Jesús se encuentra en Caná, donde había obrado el primer signo: la conversión del agua en vino. El evange­lista, economizando detalles, presenta solamente a Jesús y a un funcionario público, llamado "basilikós". Este era un oficial gentil, cercano tal vez al rey Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, pero muy probablemente al servicio de Roma.
El funcionario tiene a su hijo muy enfermo en Cafarnaúm, aldea que está a unos 40 kms de distancia, con un desnivel de 500 metros de altura. Ha oído acerca de Jesús, y la fe ha brotado en su corazón. Va al encuentro de Jesús que regresa de Judea y con insistencia le ruega que baje a Cafarnaú. Si el padre pide la sanación de su niño, es porque tiene fe.
Jesús escucha, pero, superando el gesto sencillo y lleno de angustia de aquel padre, pasa a un plano diferen­te. Sólo así se explica su respuesta enérgica que, más que rechazo, es invitación para pasar a una fe mucho más profunda.
La palabra dura de Jesús, trasladada a estilo directo, equivale a decir: "¡Creed! aun cuando no veáis ni signos ni prodigios". Se trata, pues, de un llamado exigente a una fe vigorosa y pura, que no se apoye sólo en milagros sino que se finque directamente en la persona de Jesús (cf Jn 20,29). La respuesta del Señor supera, pues, los alcances de la petición del oficial, el cual es como representante de una colectividad.
49 Le dice el funcionario regio: "¡Señor, baja antes de que muera mi niño!" 50a Dícele  Jesús: "¡Anda, tu hijo vive!".
El funcionario, sin arredrarse ante la desconcertante palabra de Jesús, insiste. Su insistencia revela ya un afian­zamiento o crecimiento en la fe. Ante la actitud perseve­rante de aquel hombre, Jesús accede y otorga a distancia el favor solicitado.
Pero hay que poner atención al lenguaje empleado por Jesús. El Señor no le dice: "Tu hijo ha sanado", sino "¡Anda, tu hijo VIVE!". En este "vive" hay un sentido pro­fundo. Este "vive" se opone al "morir" de los v.47.49, y es como un estribillo repetido hasta tres veces (v.50.51.58). En este relato están en juego dos ideas: "morir y vivir", "muerte y vida". Pues bien, Jesús es el dador de la vida.
50b Creyó el hombre en la palabra que le dijo Jesús e iba de camino. 5¡ Ya cuando él bajaba, sus siervos le scdieron al encuentro, diciéndole: "Tu niño xiive". 52 Les preguntó luego la hora en que se había puesto mejor y le dijeron: "Ayer, a la hora séptima, lo dejó la fiebre". 5y Conoció entonces el padre que en aquella hora fue cuando Jesús le dijo: "Tu hijo vive". Y creyó él y su casa entera.
Aquel buen hombre "creyó en la palabra" de Jesús y se marchó. Si había llegado movido por la fe, ahora regresaba con una fe mucho más viva y robusta. En efecto, una cosa es creer que Jesús hace milagros, pues éstos se ven y se palpan. Un segundo paso es creer en su palabra, pues el resultado puede no ser tan evidente. Y el tercer grado es creer directamente en Jesús, es decir, en su persona (cf Jn 14,1).
Al ir bajando hacia Cafarnaúm se encontró con sus criados que habían subido a buscarlo a fin de comunicarle la buena noticia de que su hijo ya estaba bien. El evange­lista, según su costumbre, precisa la hora de los aconteci­mientos: fue la hora séptima, es decir, la una de la tarde. Así, la palabra de Jcsiís y el momento de la curación del niño habían coincidido. Además, no hay que olvidar que el número siete es símbolo de plenitud. Es la plenitud de los tiempos mesiánicos (cfjii 4,35).
El resultado de aquel maravilloso acontecimiento fue que el funcionario con sus familiares, sus amigos, sus allegados creyeron en Jesús. Por semejanza al final del primer signo, donde se dice que "sus discípulos creyeron en él" (2,11), se puede deducir también aquí que la fe de aquella familia tuvo como término la persona misma de Jesús: "Creyó él y toda su caso" en Jesús.
Este pasaje evangélico es una evangelización e invi­tación poderosa a un crecimiento en la fe. Juan termina su narración relacionando este prodigio-signo con el pri­mer signo realizado también en Caná de Galilea: "Esto hizo de nuevo Jesús como segundo signo cuando regresó de Judea a Galilea".
                                                                      ACTUALIZACION

¡Señor Jesiís, fuente y manantial de vida! Dame una fe vigorosa en ti, y realiza en mí un prodigio: comunícame tu vida para vivir de ti y líbrame de todo peligro de muerte eterna. Concédeme buena salud; y que ella sea signo sensible de la vida eterna que me has regalado. Amén.




jueves, 14 de abril de 2016

El agua convertida en vino (continuación)

6 Había allí seis tinajas de piedra, puestas para la  purificación de los judíos, que contenían cada una dos o tres medidas. 7 Les dice. Jesús: "Llenad las tinajas de agua ". Y las llenaron hasta arriba. 8 Les dice luego: "Sacad ahora y llevad al maestresala ". Y le llevaron. 9 Así que el maestresala gustó el agua hecha vino (y no sabía de dónde venía, pero los sirvientes que habían sacado el agua sabían) llama el maestresala al esposo 10 y le dice: "Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están bebidos el menos bueno. ¡Tú has guardado el buen vino hasta ahora!".
Había allí seis tinajas para el agua de los ritos de purificación que los judíos hacen antes de comer. Cada una contenía unos cien litros. Jesús ordena llenarlas de agua. Y el agua queda convertida en vino. Si los seiscientos litros indican una enorme cantidad de vino, el comentario del jefe del banquete: "¡Tú has guardado el buen vino hasta ahora!" pone de relieve la fina calidad del mismo.
La frase incidental: "los sirvientes sabían de dónde ha­bían sacado el agua", indica que los empleados sabían que el agua venía del pozo; pero que aquel vino nuevo venía de Jesús, y, así, el cumplimiento del AT se realizaba a través de Jesús.
11 Esto hizo Jesús como principio de los signos en Cana de Galilea. Y manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos.
Este prodigio fue "el principio de los signos" de Jesús, pero a la vez será también la clave de las demás "señales": Jesús es y será el donador de los bienes mesiánicos. Siendo éste el primer signo, lleva también un significado muy particular:
El vino que se ha terminado simboliza la primera Alianza, que ha llegado a su fin. Los ritos judíos de puri­ficación serán reemplazados por los dones de una nueva Alianza. Cuando llegue la Hora de Jesús, —la Hora de su exaltación por la cruz y de su resurrección— comenzará la era mesiánica, y se sellará la Alianza nueva, anunciada por los profetas (Jr 31,31-34). Jesús es el novio de la boda mesiánica (Mt 22,2). Entonces, para el banquete regio, él dará también un vino nuevo, generoso y abundante, que no se acabará. Clara y discreta alusión al futuro vino de la eucaristía (cf Mc 2,22; Lc 22,18.20).
Más aún: al tratar de una Alianza nueva viene tam­bién a la mente la idea de un "Pueblo nuevo" y de una "Humanidad nueva" que está por nacer. Por tanto, son necesarios un "nuevo Hombre" y una "nueva Mujer". Así se comprende el inusitado título con que Jesús se dirigió a su madre, llamándola "Mujer", y que repetirá al estar clavado en la cruz. Allí esa mujer, siendo la madre de Jesús, será también la Madre Sión, madre del nuevo Pueblo de Dios, madre de la Iglesia (cf Jn 19,26-27). El vino nuevo será dado debido a una intervención maternal de la madre de Jesús, que como nueva Mujer y nueva Eva, acompañará y colaborará con el nuevo Hombre-nuevo Adán, en su misión mesiánica.
Finalmente, tanto la expresión: "Al tercer día", que se lee al principio del relato, como el comentario del evan­gelista: "Y (Jesús) manifestó su gloria... ", ponen en relación —como inclusión semítica— la semana inaugural de la epifanía de Jesús con la semana de la Pascua de Jesús, cuando al viernes de su exaltación en la cruz, siga el silencio del sábado, y luego, "al tercer día", manifieste "su gloria" mediante su resurrección. Entonces, la fe de los discípulos, inicial en este momento, llegará a su plenitud.

ACTUALIZACION

Jesús Mesías, nuevo Adán:
Por mediación e intercesión de tu madre,
 la nueva Mujer, la nueva Eva,
danos siempre el vino abundante y generoso de la nueva Alianza: ¡la Eucaristía!
Concédenos la gracia de seguir
 siempre su maternal consejo;
"¡Haced lo que él os diga!"
 Queremos seguir siempre tus pasos y escuchar y cumplir tus mandamientos.
Manifiéstanos constantemente tu gloria, y concédenos la gracia de "creer" siempre en ti.

miércoles, 30 de marzo de 2016

1. El agua convertida en vino (Jn 2,1-11).

(Por la extensión de la explicación expondremos el milagro en dos partes).

Este acontecimiento cierra gloriosamente la Semana inaugural del ministerio de Jesús (Jn 1,19-2,11). El relato está formado por una introducción (2,1-2); un diálogo de la madre con su hijo (v.3-5); la conversión del agua en vino (v.6-10); y una conclusión (v. 11).
2,1 Y al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y estaba la madre de Jesús allí. 2 Fue llamado también Jesús y sus discípulos a la boda.
Al tercer día del encuentro de Jesús con Natanael, se celebró una boda en Caná de Galilea, pueblecito situado a unos trece kilómetros al noreste de Nazaret.
Al escoger una escena de bodas para coronar la semana de la epifanía de Jesús, el evangelista tiene motivos particulares. Por su carácter de fiesta alegre y de conviven­cia popular, la celebración de nupcias es considerada a menudo como símbolo de los tiempos mesiánicos (Mt 22,1-14; 25,1-13; Le 12,35-38; Ap 19,7-9). Además, el ban­quete de Cana, leído a la luz de Is 25,1-9, aparece como un signo mesiánico: Jesús ofrece a los pobres y necesitados el vino del banquete escatológico, por largo tiempo esperado.
El evangelista parece centrar su atención en la madre de Jesús, nombrándola en primer lugar. Sólo después añade que también Jesús fue invitado con sus discípulos.
3 Y, habiendo faltado vino, la madre de Jesús le dice: "No tienen vino". 4 Le dice Jesús: " ¿Que hay entre tú y yo, mujer? ¡Todavía no llega mi hora!"5 Dice su madre a los sirvientes: "Haced, lo que él os diga ".

Dejando a un lado otros detalles, Juan fija su interés en el vino que se había terminado. El "vino" es en los profetas símbolo de la felicidad futura (Am 9,14; Os 2,24; Jr 31,12; Is 25,6; Jl 2,19; Za 9,17); y en el NT el "vino nuevo" es imagen de la era mesiánica y del festín escatológico (Mc 2,22; Mt 26,29; Lc  22,18).
Ante la falta de vino, la madre se dirige a su hijo, participándole el embarazo de los esposos. No le pide explícitamente un milagro, pero sus palabras incluyen la esperanza de que él intervenga.
La respuesta de Jesús, en parte convertida en pregun­ta, no deja de ser fuerte y lacónica: "¿Qué hay entre tú yo, mujer? ¡Todavía no llega mi hora!" La primera frase es utilizada en la Biblia para indicar que una oposición ha comenzado a surgir entre dos personas (Jue 11,12; 2S 16,10; IR 17,18). Esto hace pensar que María y su hijo se están moviendo en diferentes niveles, pero Jesús la invita a caminar al mismo ritmo y en igual dirección.

En cuanto a la palabra "Mujer", lejos de indicar menosprecio, sugiere que Jesús quiere subrayar en su madre, además de su oficio maternal que nunca le faltará, una nueva relación con respecto a él: en adelante será su compañera en la empresa evangelizadora que está por comenzar.
Finalmente, "la Hora" de Jesús, que todavía no ha llegado, es la hora de su glorificación por su exaltación en la cruz y por su resurrección (Jn 7,30; 8,20; 12,23.27: 13,1; 17,1).
Esta escena, de clásico estilo juánico, cubre dos sen­tidos. María se refería simplemente al vino de la boda; pero Jesús quiere interpretar la sugerencia de María como si le pidiera el vino definitivo que sólo podrá dar cuando llegue su hora. De allí el aparente rechazo o al menos la incomodidad de Jesús. En definitiva, la palabra de Jesús no es un reproche a su madre, sino una invitación para que, superando el nivel de la boda de Caná, considere la boda mesiánica del Reino que está por venir cuando llegue su hora.

La reacción de María: "Haced lo que él os diga" indica que, aun cuando Jesús no dé ese vino futuro, sin embargo va a intervenir de alguna manera.

martes, 22 de marzo de 2016

Los milagros de Jesús en el evangelio de San Juan

Introducción

El autor del Cuarto Evangelio, al terminar su obra, ha querido manifestar la finalidad que tuvo al escribir su libro:
"Así pues, otros muchos signos hizo Jesús ante sus discípulos, que  no están escritos en este libro; pero éstos han sido escritos para  que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo,  tengáis vida en su Nombre" (Jn 20,30-31).
El evangelista llama "signos - semeia" a los prodigios que Jesús  hizo, y que los Sinópticos llaman "actos de poder dynaméis". En el evangelio de Juan estos "signos" tienen objetivo: hacer brotar la fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios.
La Primera parte  del Cuarto Evangelio (Jn1-12) lleva justamente el título de "Libro de los signos", porque en él se narran siete signos concretos obrados por Jesús durante su ministerio público; en la segunda parte (Jn 13-20) llamada "Libro de la Gloria"  se pueden discernir una acción simbólica: el lavatorio de los pies (Jn. 13,1-20) , y el gran signo de su "elevación", o regreso a su Padre, por  la cruz y la resurreción (Jn 18-20).

Al llamar "signos" a los milagros que Jesús hizo, el autor del evangelio quiere decirnos que cada uno de ellos es como un semáforo que tiene una doble función: proyectar una luz(roja, amarilla o verde) y mandar en ella un mensaje (¡alto!¡atención! o siga!). Así también cada milagro del evangelio de San Juan manifiesta  una "obra de poder" realizada por Jesús, que cualquier lector percibe , pero además a través de esa obra hay que descubrir un mensaje. Y este mensaje es lo más importante en el signo.

Los "siete signos" o milagros en el Cuarto Evangelio son:
1 El agua convertida en vino (2,1-11)
2. La curación del hijo de un funcionario  (4,46-54) 
3. El  paralítico de Bethesda (5,1-15) 
4. La multiplicaión de los panes (6,1-15)
5. Jesús camina sobre las aguas del mar (6,16-21)
6. El ciego de nacimiento recibe la vista (9,1-41).
7) La resurreción de Lázaro (11,1-44).

Además el ápendice del evangelio de San Juan narra un signo más:
8) Aparición de Jesús y la pesca milagrosa (21,1-14). 

Habiendo ya tratado, a propósito de los milagros en san Marcos,
la multiplicación de los panes y el caminar sobre las aguas, nos quedan seis por examinar.

viernes, 4 de marzo de 2016

Curación de la oreja de Maleo (Lc 22,49-51).

La escena del prendimiento de Jesús y la intempesti­va intervención de Simón fueron para los apóstoles de singular impacto, ya que los cuatro evangelistas nos han conservado ese recuerdo (Mt 26,51-52; M 14,47; Jn 18,10-11). Sin embargo, la sanación de Malco, manifesta­ción extraordinaria de la misericordia y del perdón de Jesús, sucedida en el Huerto de Getsemaní, la noche misma del prendimiento, ha sido conservada solamente por Lucas.
22,49 Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: "Señor, ¿herimos con espada?" 50 y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la. oreja derecha. 51 pero Jesús dijo: "¡Dejad! ¡basta ya!" Y tocando la oreja le curó.
Juan ofrece algunas precisiones más: "Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le corló la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: "Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?"
Malco era siervo del Sumo Sacerdote. Si el vocablo griego "doulos" equivale al hebreo "ebed", puede tratarse no de un simple criado sino de un personaje importante al servicio de la máxima autoridad del Templo. ¿Sería acaso el representante del Sumo Sacerdote en aquella escolta? Si así fue, en aquel siervo, Jesús estaba ofreciendo sanación y perdón, por anticipado, al mismo Sumo Sacer­dote, que después de unas horas ¡lo iba a condenar!
La circunstancia es más que significativa. En el mo­mento en que Jesús es apresado y cae en manos de sus enemigos, realiza una acción de misericordia y compa­sión, y ejerce un acto supremo de perdón. Jesús bien sabe que más allá de lo que pretenden los judíos, está la voluntad del Padre: "La copa que me ha dado el Padre, ¿ no la voy a beber?".
Y Jesús había dicho: "Amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio;y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6,35). Pues bien, en esta hora del poder de la Tiniebla, Jesús pone en práctica la ense­ñanza que tantas veces había dado.
Toca la oreja de Maleo y lo sana. Por última vez, antes de entregar su vida, la fuerza divina que hay en él entra en acción y, al contacto físico de su santa humanidad, aquella oreja cortada queda restaurada. La historia no nos ha dicho qué fue después de Malco...

Pasadas unas horas, cuando Jesús sea clavado en la cruz, pronunciará repetidamente la palabra del supremo perdón. En efecto, el evangelista escribe: "Y Jesús decía: '¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!"' (Le 23,34).

ACTUALIZACION

Jesús:
 Gracias por darnos ejemplo
 de misericordia y de perdón
 aun en los momentos supremos de tu vida.
 Señor, enséñanos a perdonar 
y ser misericordiosos y compasivos como lo eres Tú.
 Amén.



jueves, 18 de febrero de 2016

Los diez leprosos (Lc 17,11-19).

17,11   Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría, y Galilea.
Bien conocido es que el evangelio de Lucas presenta una grande e importante sección, integrada por unos diez capítulos, con el tema: "La subida de Jesús a Jerusalén" (Lc 9,51 -19,27). En Lc 9,51 Jesús toma la firme decisión de subir definitivamente a la Ciudad Santa donde se realizará "su asunción", esto es, su éxodo de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte y resurrección (9,31).
Es preciso leer esta sección en un sentido más teoló­gico que geográfico: Jesús camina resuelta y libremente a su Pascua! Jerusalén es el lugar sagrado escogido por Dios para que Jesús lleve a cabo su obra salvífica, que llegará a su culminación el día de Pentecostés con la efusión del Espíritu Santo (Lc 24,49). A partir de ese momento, se abrirá definitivamente para todos los hom­bres el acceso a la fe y a la salvación. Comenzará entonces el tiempo de la Iglesia.
La subida de Jesús a Jerusalén ha sido marcada gradualmente por el evangelista en tres etapas: 1* etapa: de 9,51 a 13,21; 2a etapa: de 13,22 a 17,10; y nuestro relato abre la 3a etapa: de 17,11 a 19,28.
Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, esto es, bajaba por el valle de Yizreel hacia Betshán, para seguir luego el curso del río Jordán hasta Jericó (18,35) y de allí subir a Jerusalén.
12 Y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia "'y, levantan­do la voz, dijeron: "Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!" 14 Al verlos, les dijo: "Id y presentaos a los sacerdotes"'. Y sucedió que, mientras iban, quedaron lim pios.
Los diez leprosos no se acercan sino que se mantie­nen a distancia, respetando el precepto de la Ley, según la cual el afectado por la lepra, además de estar enfermo, será considerado impuro mientras le dure la enfermedad, habitará solo y tendrá su morada fuera del campamento (Lv 13,45-46).
Al divisar a Jesús, le gritan: "Jesús, Maestro, tencompa sión de nosotros! " El título Epistátes = Maestro " es puesto sólo en labios de los discípulos; pronunciado aquí por los leprosos, insinúa tal vez que llegará un día en que también los excluidos de la comunidad serán invitados a ser discí­pulos de Jesús y a beneficiarse de su salvación. La curación misma que van a recibir es un signo y preludio de la futura participación en los beneficios de la redención.
Jesús también, como los leprosos, se muestra obser­vante de la Ley, y les ordena que se presenten al sacerdote para que éste compruebe su sanación (Lv 14,1-32).
"Mientras iban, quedaron limpios". La curación no fue instantánea, sino hasta después de comenzar a obedecer la orden de Jesús. Allí se percibe una prueba y exigencia de fe. Los leprosos creyeron en la palabra de Jesús, y en el camino consiguieron su purificación.

 15 Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz;16 y, postrándose rostro en tierra a los pies deJesús, le daba gracias. Y éste era un samaritano.17 Tomó la palabra Jesús y dijo: "¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están1?18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a, Dios sino este extranjero1?" 19 Y le dijo: " ¡Levántale y vete; tu fe te ha salvado!".
Al verse curado, uno de los leprosos —"y éste era samaritano", subraya Lucas— regresó donde Jesús. Aquel samaritano estaba excluido de la comunidad no sólo por su lepra, sino también por ser un extrajero
Tres gestos exteriores descubren la actitud íntima de su ser: glorificaba a Dios en alta voz, daba a Jesús el tributo de su veneración-adoración, y le expresaba su gratitud. Todo esto indica que el samaritano había experimentado en su interior una nueva relación con Dios, que lo había sanado, liberado y salvado a través de Jesús. Lucas aprove­cha siempre la ocasión para inculcar en sus lectores la obligación de glorificar y alabar a Dios por sus beneficios (Lc 2,20; 5,25-26; 7,16; etc.).
Jesús, un tanto extrañado, pregunta: "¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?"
La queja del Señor se vierte sobre los otros nueve sanados, pertenecientes al Pueblo de Dios. De ellos se esperaría naturalmente la gratitud y mayor glorificación de Dios. Nótese que Jesús no les retira el regalo que les ha concedido, a pesar de su falta de agradecimiento. La lección es suceptible de muchas aplicaciones personales ante los dones de Dios: ¿he sido siempre y personalmente agradecido con el Señor por los beneficios que me ha concedido a lo largo de mi vida?
"El extranjero" parece ser mejor que los hijos del Pueblo elegido. En la parábola del buen samaritano es también el pagano quien juega el papel edificante (Lc 10,29-37). El relato termina poniendo de relieve el valor de la fe, principio de salvación: "¡Levántate y vete; tu fe te ha salvado!".
En el centro del milagro está Jesús, que nos confron­ta a todos con su pregunta, como si nos dijera: ¿Cuál es tu relación conmigo y con el Reino de Dios que te he parti­cipado? ¿Acaso me he arrepentido y he retirado de ti alguno de los dones que te he regalado?

ACTUALIZACION

Jesús Maestro: Mira que somos leprosos: enfermos, impuros, desechos de la humanidad. 
Ten compasión de nosotros, purifícanos e intégranos a tu comunidad santa.
 No permitas que seamos ingratos contigo. Queremos serte siempre agradecidos y glorificar a Dios por las bondades que El nos ha hecho a través de ti.
 Amén.




jueves, 4 de febrero de 2016

Curación de un hidrópico (Lc 14,1-6).

Este milagro, realizado en día de shabbat, es paralelo a la sanación del hombre de la mano seca, y la lección es muy similar (Lc 6,6-11; Mt 12,9-14; Mc 3,1-6). Además, está en cercana relación con la sanación de la mujer encorvada (Lc 13,10-17), formando como un díptico, en el que se enfatiza la misma actitud compasiva de Jesús y su misión salvífica y liberadora.
14,1 Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. 2 Había allí, delante de él, un hombre hidrópi­co. 3 Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" 4 Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le. curó, y le despidió. 5 Y a ellos les dijo: "¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento ?"6 Y no pudieron replicar a esto.
Hay que atender a las circunstancias especiales en que Jesús hace esta curación. Era shabbat, y él había sido invitado por uno de los jefes de los fariseos a comer. La reunión era de carácter socio-religioso. Allí también esta­ban presentes "legistas", hombres especializados en el conocimiento de la Ley. El enfermo de hidropesía era muy probablemente uno de los comensales.
El hecho supone que los asistentes habían entrado en animada discusión acerca de la inteipretación de la ley del reposo sabático: ¿Cómo hay que interpretar el manda­to de la Toráh?
Jesús aprovecha la ocasión para hacer, no una inter­pretación académica con sólo palabras, sino una impac­tante interpretación en acto. Pone primero una pregunta provocadora: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" Nadie res­ponde nada. ¿Cómo iría a recibir el enfermo allí presente una respuesta negativa de quienes compartían el mismo banquete sabático? Al permanecer todo mundo en silen­cio: Jesús entra en acción: toma al enfermo hidrópico, lo sana y lo despide (en paz).
En seguida expone la argumentación que justifica la obra realizada. Y, acudiendo al plano existencial de la vida concreta, deja a los legistas-fariseos sin poder replicar: ¿Quién de vosotros no actúa en sábado, si su hijo o su buey se le cae en un pozo?

ACTUALIZACIÓN

Oh Jesús:
Tu nombre y tu misión, Señor es salvar,
¡Tómame de la mano y sáname!
¡Sácame del pozo en el que me encuentro hundido!
Mira que soy creatura tuya,
Más aún: ¡Soy tu hijo!
Gracias, Jesús porque me has sanado.